Guerra al servicio del ejército

Hay una buena nueva, y nos apresuramos a compartirla. Hemos descubierto por fin cuál es el problema más grave del Estado de Israel. 
18 de agosto de 2026 Asnat Halevy-Balaban & Oded Balaban*

Hay una buena nueva, y nos apresuramos a compartirla. Hemos descubierto por fin cuál es el problema más grave del Estado de Israel. No es la ocupación, ni el costo de vida, ni la corrupción del gobierno, ni el golpe de régimen. El problema es de seguridad, pero no en el sentido que suponíamos. El fracaso es que somos crueles con nuestro propio ejército. Llevamos años imponiéndole reposo, hambreándolo, negándole su alimento — la fricción con el enemigo — y obligándolo a vivir en paz. Una paz prolongada hace que el ejército se atrofie, como un músculo al que no se ejercita.

Este descubrimiento se lo debo a Roman Gofman, el nuevo jefe del Mossad. Él sostiene que «no hay sustituto para la fricción verdadera» (“De la seguridad rutinaria al ejercicio del poder”, Maarachot 476, febrero de 2018), y en una conferencia ante el alto mando del ejército, en diciembre de 2018, afirmó que un ejército que no busca contacto permanente con el enemigo padece de “muerte clínica”. Hasta ahora creía yo que la función del ejército era protegernos. Pues resulta que es al revés: nosotros estamos destinados a protegerlo a él, a arrojarle su presa, a suministrarle la ración de fricción que necesita para no atrofiarse. Debemos elegir: salvar la paz, o salvar al ejército. Gofman eligió el ejército.

Y no es el primero. Ya en 1880 el jefe del Estado Mayor prusiano Helmuth von Moltke escribió que «sin la guerra el mundo se hundiría en el materialismo». Según esta concepción, la guerra no es un mero medio político sino un valor espiritual sublime. Quien la considera un instrumento que hay que manejar con cautela no es sino un materialista burdo, esclavo de la comodidad y de la codicia.

Con arreglo a esta concepción, Gofman contrapone dos tipos de jefe militar. Uno es el hombre del ejército responsable, sujeto a la ley, que respeta la jerarquía democrática. A ese, Gofman lo presenta con desprecio como un hombre «sin corazón» (en su reseña crítica al libro de Asa Kasher, Ética militar). La imagen del hombre sin caja torácica la toma prestada del escritor y pensador británico C. S. Lewis, pero le tuerce el sentido para acomodarla a sus fines. En Lewis el “pecho” (traducido al español como “corazón”) es el sentimiento educado que refrena la pasión y la subordina a la razón. Gofman encuentra en el “pecho” pasión intensa, “fuerza de alma”, “fe entera”, “amor al pueblo”. El jefe militar digno está dotado de estas virtudes — y por eso Gofman le otorga legitimidad para «maniobrar» con astucia al escalón político y hasta ponerlo delante de hechos consumados. En otras palabras: el escalón armado debe estar, en la práctica, por encima del escalón electo.

Queda solo un problema logístico: para que el ejército y el jefe militar dotado de esas virtudes elevadas no se atrofien, hacen falta enemigos — constantes, frescos y disponibles. Por suerte vivimos en un vecindario generoso; pero incluso a la generosidad de los vecinos hay que ponerle un límite, y no podemos depender solo de ella. Aquí viene en auxilio de Gofman George Orwell, que ya en 1984 comprendió que “la guerra es la paz”. En Orwell era una advertencia; en Gofman es una doctrina. La guerra eterna — rebautizada como «victoria total» — no busca vencer sino durar. Debe continuar siempre, para conservar al ejército y al espíritu de combate. Tenemos también una metáfora local con guiño humorístico: “cortar el césped”. La idea es simple: al enemigo, como al césped, hay que segarlo cada tantos meses. No arrancarlo — ¡Dios nos libre! Enemigo arrancado significa jardinero desempleado — sino conservarlo a la altura correcta. Un césped sano es un césped que crece justo lo suficiente para justificar la existencia de la cortadora.

Aquí muere la broma y la ironía se pone seria. Un ejército que necesita un enemigo para no «morir» encontrará un enemigo, y si no lo hallan, lo fraguan. La necesidad de fricción no es una descripción de la realidad, sino un motor que la produce. En una democracia esto significa que no es el escalón electo el que decide cuándo salir a la guerra, sino las necesidades del ejército. Lo apropiado, según Gofman, es que la cola menee al perro. Para nuestro horror, el plan de Gofman coincide con el interés del hombre que lo nombró: el primer ministro Netanyahu.

Ya hace tres siglos, Jonathan Swift enumeraba en Los viajes de Gulliver, entre las causas de la guerra, también esta: “...la corrupción de los ministros, que comprometían a su soberano en una guerra con objeto de desvirtuar el clamor público contra su mal gobierno” (Parte IV, cap. V). Apliquemos la distinción de Swift al aquí y ahora. El primer ministro está siendo juzgado por corrupción, está hundido en una guerra sin fin, y trabaja para quitar las restricciones democráticas que pesan sobre su propio poder. ¿Quién puede serle más útil en esta situación que un jefe del Mossad que apoya con entusiasmo la guerra permanente y que encarna la figura del jefe militar en el que palpita un ardor nacionalista espiritual y por cuyas venas corre “sangre auténtica” — un jefe que no se somete a la burocracia derivada de la democracia?

El culto a la guerra, el culto al jefe militar y la desconfianza hacia la democracia no son un invento de Gofman. Tienen una historia larga y conocida. Roman Gofman solo los tradujo al hebreo contemporáneo. Por eso su designación como jefe del Mossad es un paso político más entre cuyos objetivos centrales figura la erosión del régimen democratico.


*Asnat Halevy-Balaban es doctora de filosofía, investigadora independiente

*Oded Balaban, es profesor emérito del departamento de filosofía de la Universidad de Haifa, Israel.

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